Cuento 1: En cocales no hay coco

Cocales, anteriormente conocida por sus cocoteros y cocos, anteriormente, porque en la actualidad la principal actividad económica de la región son los repuestos para maquinaria tales como: válvulas, tuberías, engranajes y tornillos.

En Cocales hace calor. La ropa tendida en lazos se seca pronto, el aire es húmedo y el más mínimo movimiento provoca sudor. Parte de la esencia del lugar se conserva; lo que es incierto es si eso será suficiente para conservar su nombre Cocales. Está en peligro de extinción.

Preservar la esencia del lugar es la misión de Fofo, hijo de Marta y Matías, quienes siempre le dan los buenos días. Buenos valores ha aprendido, y eso le ha ayudado a ver lo que realmente importa.

Los cocos se acabaron, y a nadie parece importarle.
Fofo es una hormiga. Las palmeras son su hogar y los cocos, el sustento de su familia.

Entre hormigas se sabe que la unidad es la clave. Sin embargo, nos están tratando de separar. Cada vez hay más distancia entre palmeras. La más cercana a la nuestra está a unos 800 metros. Eso equivale a tres días de camino.

Cada vez hay más empresas de repuestos, y menos cocos. Esta es una preocupación que mis amigos no hormigas tratan de comprender, pero es difícil empatizar al 100% cuando tienes alas.

—¿Qué tal si… ah no, es que no tienes alas —dijo la mosca.
—Y si…

…esos tres puntos deberían haber sido uno solo, porque la idea nunca se completó.

Qué difícil es expresar mi preocupación, que es más una sensación. 

Me he levantado con tremenda resaca. He llegado a la conclusión de que el coco que comí ayer estaba algo viejillo. Por «viejillo» me refiero a fermentado.

Pronto sentí la necesidad de hidratarme, así que empecé a buscar alguna planta que hubiera acumulado el sereno de la noche anterior en sus hojas, para que me diera una gota de agua. Aunque no lo creas, las hormigas sí toman agua.

Mientras bebía, se escuchó un fuerte sonido: el sonido que hacen las palmeras cuando se desploman. Esto fue debido a un corte en la base del tronco. Me asusté muchísimo y empecé a pensar en todos los bellos momentos compartidos con mi familia en la palmera.

Por suerte, la que había caído estaba a 800 metros de donde vivimos nosotros. Me apuré de regreso con mi familia.

Ese mismo día tuvimos una junta familiar para tomar decisiones respecto a nuestro futuro cercano:

—¿Nos quedamos o nos vamos?
—Ya no me siento seguro aquí. Parece que nos están invadiendo —dijo Matías.
—¿Por qué temes algo que no ha sucedido? Esta palmera es nuestro hogar y no podemos abandonarla solo así —respondió Marta.
—Yo también siento miedo. No puedo evitar tener pensamientos fatalistas —dijo Fofo.

Hubo debate. ¡Qué difícil! Estas palmeras nos hacen recordar tanto…

Quisimos aferrarnos a ellas un par de días más antes de tomar la decisión.

—Nos vamos —dijo Marta, no sin antes haber agradecido a la palmera por servirnos de hogar.
—Estoy listo —dijo Matías, no sin antes haberse despedido de los cocos.
—Listo, vamos —dijo Fofo, no sin antes haber derramado unas cuantas lágrimas.

Empezaron a caminar. Al principio, en silencio. Solo admirando el paisaje.
Cocales está repleto de plantas, que se llenan de flores después de la temporada de lluvias. Hay pájaros en los árboles y muchas rocas curiosas que ver.

Parecía que caminaban sin rumbo. Para los que no somos insectos, es difícil saber con certeza qué estímulos podrían guiar el instinto de una hormiga. 

¿Dónde fueron a parar?

No se sabe, yo no me preocuparía porque iban juntas.

Respuesta

  1. Avatar de glitterygladiator665cb367ee

    Es una acertada reflexion para nuestra civilización autodestructiva. FELICITACIONES.

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