En un sótano, a unas quince escaleras debajo del primer piso de mi casa, existía una silla de menos de un metro de altura, quizás adecuada para servir de asiento a un niño de seis años. Estaba hecha de madera, pintada de color amarillo, pero con el tiempo empezó a lucir un tono café, envejecida, con algunas señales de polilla, y sus uniones estaban cada vez más débiles. Se sentía olvidada entre las cosas viejas; ya no cumplía su propósito. Su función pasó a ser la misma que la de cualquier otra cosa en el sótano, destruyendo o enriqueciendo poco a poco su identidad.
La silla, al carecer de un cerebro, procesaba la vida a través de la materia misma, y un día hizo algo que nadie se imaginaba. Hay que tener madera para hacer lo que hizo: decidió reflexionar. Estaba cansada de que todos la vieran como cualquier objeto y no como una silla. Aunque no podía moverse, comenzó a idear un plan para hacerse notar. Los impulsos dentro de ella eran fuertes, pero la impotencia crecía al no poder actuar, acumulando polvo en el sótano, un día más.

Un martes, a las tres de la tarde, apareció un mago. No era como los magos que se ven en los shows de cumpleaños, sino un verdadero hechicero, de esos que tienen barbas largas y la piel pegada al hueso. El mago notó a la silla y le dijo:
—Yo te veo, puedo sentirte. Tu energía es tan fuerte que traspasa paredes. El viento me ha traído hasta ti. Quiero concederte medio deseo. Lo que desees, lo cumpliré, pero solo la mitad.
La silla pensó un momento y luego respondió:
—Muy bien, llegaste en un buen momento. Llevo tiempo pensando cómo lograr un cambio en mí. Quiero dejar de ser una simple silla y convertirme en un sillón. Siendo un sillón, podría ofrecer más comodidad y realmente servir de algo. Aquí no estoy sirviendo para nada.
El mago la miró con curiosidad y le advirtió:
—Un sillón, sí… pero recuerda que será solo a la mitad. Podrías convertirte en un sillón, pero uno cortado por la mitad. ¿Estás segura de querer eso?
—Ahora que lo mencionas, no estoy segura. De lo que sí estoy segura es de no querer sostener cualquier objeto sobre mi base; quiero sostener algo que me haga sentir útil.
—Para que tu deseo sea acertado, debes definir ese “algo”. ¿Estás consciente de que ya eres una silla? —dijo el mago—. No se me ocurre cómo pedirle a una silla que sea capaz de servir de mesa para una cena familiar.
—Bueno, entonces quiero que me conviertas en mesa.
—Recuerda que lo que te ofrezco es medio deseo. Me parece que no estás escuchando tu corazón… o mejor dicho, tus uniones. Te daré un par de días para que aclares tu mente, y luego volveré.

Los siguientes días fueron duros para la silla. Se dedicó a observar de adentro hacia afuera: primero la madera, luego el polvo. Cayó en cuenta del paso del tiempo. Vio cómo su materia estaba desgastada, su piel descascarada y sus uniones débiles. ¿Cómo pretendo sostener cuando mi estructura se tambalea?
Los días pasaron y el mago regresó.
—¿Conoces qué desea tu corazón? —preguntó el mago.
—Deseo que me restaures.
Quiero recuperar ese amarillo brillante y ser capaz de sostener mi peso. Saca de mí las polillas, dales otro hogar. Con esto estaré lista cuando sea el momento para servir.
—Suenas mejor. Ya siento cómo late ese corazón tuyo a través de la madera —fueron las palabras del mago antes de lanzar un hechizo restaurador sobre la silla.
Pasó tiempo antes de que la silla y el mago se reencontraran. Un domingo, el mago paseaba por su vecindario y vio algo amarillo a lo lejos. Era la silla: un niño sentado en ella y una radiante sonrisa de oreja a oreja.


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