Relato: Personajes comunes atrapados en la rutina

Doña Carmen, una señora que devora libros y cuya lengua sabe volar, tiene información sobre todos los vecinos de la cuadra. ¿Cómo lo sabe? Nadie sabe, pero sabe que hoy salí tarde de mi casa a visitar a Luisa.

¿Será que sabe tanto?, me pregunté.

Me enteré de que la vuelta era de su conocimiento hasta la mañana siguiente, cuando estaba pidiendo mis dos filas de francés como de costumbre. Entonces sentí una fría presencia detrás de mí, agradecí a la persona que me atendió, me di media vuelta y le vi la cara: un semblante alegre y unas cejas muy despeinadas.

—¿Cómo no le dio frío salir así ayer? Ojalá ser joven otra vez y poder permitírmelo —me dijo con una sonrisa en su cara y levantando sus feas cejas.
—Sí, verdad —frase que uso regularmente cuando no sé qué decir.

La vi a los ojos por un instante, sentí miedo, solté una carcajada nerviosa y salí de la panadería caminando apurado, directo a mi casa.

¡Los chiles! Se me olvidaron. Me sentía cansado y sin ganas de cocinar. Fui a buscar una taza para servir café; la tetera empezó a silbar. Dejé de ver el teléfono y recordé que iba por una taza. Estaba pensando en la noche anterior, más concretamente en la suavidad de las manos de Luisa. Recordé sus manos recorriendo mi piel, generando todo tipo de sensaciones. Logré servir el café después de unas cuantas vueltas a la cocina.

Últimamente, Luisa es el único pensamiento que me genera curiosidad, aparte de las canciones de reguetón que mantienen mi mente ocupada. Cuando estoy con ella puedo dejar de pensar en mí, me pongo al servicio de su felicidad, disfruto de escuchar su risa y observar su mirada. Puedo ver a través de ella y es como si viajara en el tiempo. Las historias que me cuenta hacen que la vea distinto. ¡Ya no más!, me dije, y me puse a limpiar. Me molesta darme cuenta de que es ella en lo único que pienso.

Este vaso no está bien lavado. Al ver esa mancha de grasa en el cristal tuve una revelación: lo que me pasa es todo culpa de mi cuerpo. ¿Por qué lavar no me genera la misma satisfacción que acariciar tu piel? La experiencia al lavar también es muy placentera: el agua corriendo por las manos, la sensación jabonosa y qué divertidas son las burbujas cuando se acumulan. Mi mente tiene algo malo, ¿cómo es que no lo veo cuando está clarísimo? Entonces fue que pude concentrarme más en la limpieza, intentando conectar con el placer de lavar los platos.

Ya casi termino, me decía a mí mismo. ¿Era eso realmente lo que estaba generando algún tipo de emoción? Quedó todo muy limpio y ordenado. Ver la cocina en armonía tranquiliza mi mente; cada objeto en su lugar y cada superficie reluciente son un recordatorio del buen uso de mi tiempo. Limpiar es mi tercera obsesión. El acto de limpieza puede transformar la energía de un lugar, sirve como reseteo a la mente. Me concentré tanto en lo que hacía que el efecto del café duró menos de lo supuesto y quise acostarme para descansar mi mente, sobre todo.

Cuando me preguntan qué hago, digo que soy especialista en ensamblaje, mi especialidad… Es un tipo de movimiento, uno que combina la fuerza de jalón y un agarre sólido. La producción de teclas para calculadoras es todo un arte. Esto me llevó a pensar que la belleza tiene cierta fuerza de atracción, la cual roba mi atención cuando tengo enfrente un referente digno de representar esta teoría. Y vaya que tiene respaldo: creo que todos hemos sentido cómo ciertas presencias tienen la capacidad de capturar nuestra atención.

Creo que esta atracción trasciende los límites físicos. Hay un factor psicológico que hace que esta se intensifique. Creo que puede ser similar a cualquier otro proceso de aprendizaje: aprendemos a sentirnos atraídos por ciertas presencias. Aun cuando nuestra mente es joven y falta mucho por aprender, ya contamos con instintos que nos guían, y vaya que son una guía importante. Creo que siempre habrá una razón para sentir atracción. Mi caso es especial: hay algo que aún desconozco, pero no creo que exista. Es difícil de explicar. Cuando lo sepa será de lo único que hable por un tiempo.

¡Ay, Doña Carmen!, que ya no me acordaba de que me vio. ¿Será que ya le ha contado a alguien? Seguro está muy confundida y anda diciendo cualquier cosa. Ese era el último pensamiento antes de que otro estímulo se metiera en el camino de mis pensamientos.

En la fábrica hay un olor que se parece mucho al que hay en un supermercado shuco. Las paredes son de color amarillo, que se mezclan con gris debido a la falta de mantenimiento. Las máquinas producen un ruido con un ritmo acelerado; mi intuición me dice que alrededor de unos 95 bpm, al cual, después de unos quince minutos, te acostumbras y todo pareciera ir más lento de lo que realmente va.

—Te perdiste la tirada de ayer.
—¿Tirada de qué? No me digas que volviste a las apuestas.
—No, nada de eso. Tirada de ropa. ¿Que no te acuerdas?

Omar, al ver mi cara, lo supo todo.

—¿Dónde has estado estos días?
—¿Recuerdas a Luisa?
—Apenas.

—Bueno, estuve con ella y sucedieron muchas cosas. Me despertó la curiosidad por la magia y creo que es en todo lo que pienso últimamente. Fuimos a visitar a una tal Umani, persona cercana a Luisa y que dice tener capacidades superhumanas por su conexión con un gato. Fue interesante y un poco sorprendente. Su mirada parecía reflejar un horizonte al atardecer y sus movimientos eran fluidos como el agua, pero sus palabras me confundieron mucho. Si me preguntas qué fue lo que dijo, no sabría responder, pero podría decirte que su voz me recuerda mucho a los sonidos que hacen los aulladores.

Dieron las seis y la tienda de la esquina más cercana a la fábrica estaba llena: algunos comprando azúcar, otros alcohol, unos pocos tabaco y los demás esperaban a que el bus llegara. Como es costumbre, hablan quejándose, encontrando consuelo en la empatía.

—Es que son muchas horas —decían algunos—, no nos pagan lo que deberían, parecemos prisioneros, cómo huele de feo allí.

Una de las características de estos intercambios es su corta duración; rápido se cansan de escucharse y el bus interrumpe en un buen momento.

—En otra ocasión será en la que entienda su actuar —decía Doña Carmen a su íntima amiga, una araña que estaba viviendo en la esquina superior del techo de su sala, la cual está muy alta como para alcanzarla simplemente con una escoba—.
—Cómo es que hablando contigo encuentro las respuestas que necesito.

Esa breve conversación le dio la claridad y motivación que necesitaba para reactivarse en sus actividades usuales.

—Un suéter, pachón de agua, chalina por si hay viento… ¿qué más?… mis lentes.

Metió todos los objetos necesarios en una bolsa de mano y salió. Ubicada a un lado del valle, donde la montaña empieza, justo a las afueras de la ciudad Nueva: calles vacías, otras con tránsito, personas y animales, almas en paz y otras perturbadas.

La oficina de Doña Carmen es conocida por la mayoría de vecinos en el pueblo. Se queda al lado de la primera parada de buses que van al centro. Su oficina es espaciosa y está cubierta del sol; durante el día hay personas y casi siempre comida. Allí es donde Doña Carmen encuentra tranquilidad fuera de su casa.

Mientras Doña Carmen caminaba, Fino trotaba. Ya sabía que debía llegar antes y el punto de partida era más cercano para Doña Carmen.

Un poco antes de llegar a la parada abrió su mochila, sacó su pañuelo, secó su frente, respiró profundamente y luego terminó de girar en la esquina.

Fino se sentó a esperar a que llegara el bus. Cada minuto que pasaba era un calvario. No podía dejar de pensar en qué pasaría si la viera asomarse dando vuelta a la esquina.

Creo que podría girar la cara y hacer como que pienso algo interesante, o hacer que me estoy durmiendo y entrecerrar los ojos, o tal vez puedo esperar el bus en la siguiente parada, o quizás puedo esperar fuera de la parada sobre la calle. Ojalá tuviera una gorra; sería fácil ocultar mi mirada.

¿A qué suena la gloria? En ese momento, a un bus acercándose a la parada. Fino se montó, ubicó un buen lugar y estaba por sentarse cuando, por la ventana, vio lo que no quería ver. Rápidamente sus rodillas cedieron y su cabeza se agachó. Todo su cuerpo, por instinto, cooperó para que no fuera visto por aquella señora.

—¡De nada! —dijo otra señora que estaba al lado de Fino cuando este se agachó.

Fino se volteó y la vio con una expresión de no entender.

—Si no quito mis chivas, las hubiera pisado, y además el espacio no era suficiente para esa maniobra que hizo.

Fino tomó conciencia de lo que estaba sucediendo y logró ver la bolsa de la señora casi desparramada, llena de cosas, y luego reaccionó.

—Ala, disculpe, mil gracias, yo siempre tan despistado.

—¿De quién se esconde?

—Hago tiempo solamente. Sé que no puedo escapar de mis pensamientos, pero ahora no soporto algunas miradas. Para ser más preciso, me oculto de Doña Carmen.

—¿La señora que…?
—Sí, ella.
—¿La que se mantiene en…?
—Sí, ella.
—¿La que es amiga de…?
—¡Sí! Ella misma.

—No comprendo por qué alguien se ocultaría de Carmen. En su mirada solo veo ternura y lo agraciado que puede ser el paso del tiempo.

—Ojalá el tiempo me enseñe a ver eso en las personas. Desde que me volví un adulto solo veo caras largas y la risa es algo que escasea.

—Desde cuándo es que ser joven se ha vuelto algo serio. Todo está bien como es. Ya no se oculte más; la próxima persona podría no ser tan comprensiva con que se le atropellen sus pertenencias —dijo la señora con una sonrisa en su rostro.

Fino rió tímidamente.

Los minutos en el bus pasan lentamente, casi se siente como una primera jornada laboral. El recorrido predecible del vehículo y la secuencia tan rutinaria de los eventos hacen que los pensamientos se alboroten. Rápido se sabe quién no vive esta rutina por la mirada alerta y la disposición a descubrir lo que el viaje ofrece. Sentados a la par, conocidos que se desconocen. Algunas de las personas que comparten asiento son las mismas que hablan en la tienda al salir de la jornada, pero en el bus no; es demasiado temprano para pensar en alguien más.

—¡La bendición! —gritó el brocha.

Esa es la señal para muchos de los pasajeros de regresar al presente. Todos recuerdan qué es lo que estaban haciendo, lo que trajeron consigo y, de manera automática, esperan su turno para salir. El bus se detuvo frente a aquel tétrico edificio. Desde fuera, la escena se asimila a un hormiguero: una extensa fila que sale del bus, listos para la jornada laboral.

Si está allí, voy a decirle, iba pensando Fino mientras caminaba en fila para entrar al cambiador, lugar donde se eliminan las diferencias y se homogeneiza la conciencia para una producción adecuada.

Pero ¿qué le digo? ¿Hola?, ¿buenos días? Mmm… creo que solo diré hola. ¿Cómo le pregunto? Estoy malgastando mi tiempo, debería solo hacerlo. Va, voy.

Sus pasos se hacían cada vez más lentos y cortos. El camino a la oficina del jefe aparentaba alargarse a medida que se acercaba. Finalmente llegó y, con un poco de temor, Fino tocó la puerta: dos golpes secos, luego fueron tres; ya no quiso tocar cuatro. Nadie abrió la puerta, lo cual fue un alivio.

Se me olvida lo que quiero decir. Dudo de qué primero quiero expresar, ¿sabes? La cronología es importante, y más si es de tiempo de lo que estamos hablando.

—¿Y para qué quieres más tiempo aquí? Yo pensaba que una reducción de horas era lo que buscabas.
—Lo que busco es tranquilidad. Me ocupo para reducir la cantidad de pensamientos que me visitan, además de aumentar mi productividad.
—Pretendes solamente.
—No ayudes, déjame tranquilo, es muy temprano para esto.

El día continuó como de costumbre: primero la protección y limpieza, luego el calentamiento, luego el posicionamiento y producción. Llegado el final de esta etapa del día laboral, son las seis. Ya todos hacen la rutina en reversa hasta llegar a caminar de vuelta por la puerta, pero en la otra dirección. Unos caminan a la tienda, otros se agrupan esperando el bus. No pasado mucho tiempo, la calle se vacía y solo quedan las luces acompañando a los pocos animales que habitan los pocos árboles restantes en la ciudad.

Más arriba en la montaña vi un coche de monte. Le brillaron los ojos cuando volteé con la luz apuntando. Yo, sin pretensión alguna, traté de no moverme, pero cuando cruzamos miradas se mostró perturbado y huyó. Aún no sé por qué. Eso me hace dudar del porqué de nuestro actuar como humanos. Si el escenario se repitiera, pero el sujeto fuera yo y la mirada la de Doña Carmen, no haría caso a mi instinto como para salir corriendo sin morir de vergüenza en el acto.

Estos eran pensamientos que surgen casi de forma mágica durante el viaje en el bus. La parada todavía estaba lejos; la incomodidad del pensamiento empezó a manifestarse. Fino no dudó y se bajó en la parada más próxima, que está a unos diez minutos a pie de su casa. Ese tramo de camino desde la parada fue lo que necesitaba nuestro personaje principal para sentir un poco de conexión con su cuerpo. Estaba agitado al momento de introducir la llave en el cerrojo de la puerta de su casa; cuando encendió la luz en la entrada, un poco menos; cuando prendió el fuego para hacer té, un poco menos; cuando prendió su cigarro y empezó a leer fue que encontró la paz que buscaba desde que empezó su día.

Bienvenida se va a sentir cuando llegue la época festiva en la ciudad. El centro se llena de personas y basura; hay un aumento en el tráfico y la contaminación audiovisual. En los alrededores suelen ser más fervorosos y tradicionales al abordar la celebración, pero sin las extravagancias y multitudes. El motivo de la celebración es algún santo, pero la real razón es ocultar la aceleración en el aumento de casos de ceguera; no literal, más relacionada con la conciencia y la conexión. Comida, bebida, luces y ruido: todas distracciones, si me preguntas. También te diré que nunca he sentido tanto alivio al recordar que estas fechas se acercan.

¡Es hoy!, pero temprano todavía. La mayoría de estómagos indispuestos y algunos de los olores a comida son ofensivos. Son pocas las personas que no van pensando en qué van a hacer después. Un sonido de radio conocido asustó a Luisa, quien iba caminando rumbo al mercado y pensando dónde comprar berenjenas para la ensalada que acompañaría el almuerzo. Era un señor escuchando la transmisión regular mientras montaba su puesto de venta de mango.

—¿Qué palabras relajan su mente, buen señor? Dígame antes de que me vuelva loca con todos estos estímulos.
—Me temo que no vayan a funcionar, depende de la persona, ¿no cree?
—Yo pienso que puede funcionar, probemos.
—Cómprame mango.
—¿Cómo así?
—Lleve sus mangos, están bien buenos.

Luisa solo pudo fingir reírse mientras rompía el contacto visual y se alejaba lentamente.

Dos bolsas llenas, una con berenjenas y otra con cebollas, fue acarreándolas desde el mercado a su casa. Cuando llegó, empezó a buscar la llave para abrir la puerta. Antes de encontrar las llaves se topó con un encendedor, luego con unas facturas arrugadas, luego con unas monedas. Hasta después de las monedas pudo ubicar las llaves, y para cuando estaba por introducirlas en el cerrojo, una voz familiar llamó su atención. Volteó rápidamente, pero nada. Creyó haber escuchado aquella voz que alguna vez fue lucero.

Como una llama que se apaga lentamente porque la vela se quedó sin cera, hay que prenderla otra vez; ser sinceros cuando el calor ya no sea suficiente y saber marcharse antes de que la tormenta hele nuestros pies y no podamos caminar más. El recuerdo del calor será solo eso, y una nueva vela vendrá a iluminar la sala. La parte dolorosa del ciclo es la que se gana el desprecio de la gente, pero tú me enseñaste a querer.

Luisa escribía en su diario para no explotar, fumaba para no comerse las uñas y aun así no lograba calmar su mente. Pensamientos que parecieran provenir de una fuente de amor, pero con un poco de observación podrás darte cuenta de que no es más que una obsesión. Luisa como que se empieza a dar cuenta y escribir se ha vuelto un calvario.

Vaciar de palabras mi cabeza es tan necesario como llenar de comida el estómago —dijo Luisa a su perro.
—Yo hago lo mismo, pero en distinto momento. Mi mente no me permite guardarlo para luego; cuando algo no me parece ladro, y si tengo hambre no dudes, voy a llorar —dijo el perro.

O era eso lo que imaginaba Luisa que el perro contestaría si pudiera hablar.

Es increíble pensar la cantidad de eventos sucediendo en simultáneo en el mundo. Mientras Luisa escribía, Fino pensaba, otros bebían, otros solo respiraban. El día casi sucedió como muchos lo habían previsto: basura y gente en la calle, todos prestando atención a objetos creados para atraerlos y no más. Interacciones poco constructivas, pero que contribuyen a la paz. Un fenómeno interesante sucede posteriormente a los eventos festivos: son las conversaciones haciendo referencia a lo ocurrido. Conversaciones que reviven las emociones y sensaciones; la esencia del evento vuelve al presente por un tiempo antes de extinguirse para volver hasta el año próximo.

Deja un comentario