¿Cómo se sabe cuándo un sonido es ruido o no? ¿Será que depende del volumen del sonido o de alguna curva frecuencial? Esto se preguntaba la miel, quien estaba ubicada en la segunda repisa del mueble, casi en el extremo opuesto a la estufa. ¿Te preguntarás por qué es relevante su posición en esta historia? Pues cobra sentido cuando entiendes la distribución de elementos en la cocina y sus consecuencias.
La cocina mide unos tres metros. Cuenta con una encimera de porcelana blanca de unos 60 centímetros de ancho. Uno de los tres metros es ocupado por una estufa de seis hornillas a gas; los otros dos metros son compartidos entre una estantería con tres repisas y el espacio mínimo para que el chef pueda hacer su magia.
La primera de las repisas recibe la mayoría del calor de las llamas. Los envases que se encuentran aquí son aquellos diseñados para soportar altas temperaturas o que se han adaptado a ello, tales como el aceite, la sal y el vinagre balsámico. Algunos otros elementos se cuelan en esta repisa, como el encendedor y el papel mayordomo, pero eso es irrelevante.
La segunda repisa es la de mayor concurrencia. Su altura es perfecta para que el chef pueda acceder a los condimentos necesarios para sus platillos. Los envases en esta repisa están acostumbrados al movimiento: no existe un lugar designado para cada miembro. Hoy podrían estar en un extremo, mañana en el otro. En esta repisa el calor no representa un gran reto la mayor parte del tiempo; rara vez sucede que, durante el caos de la creación de un platillo, algún envase sea puesto en el extremo más cercano a las llamas y, al no estar acostumbrado, ocurran accidentes.
—Rápido te acostumbras al caos y a la belleza en él —dijo la sal al chile, quienes se encontraban en la segunda repisa, en el extremo seguro—. Después de cada intervención nuestra, el presente se transforma. No sé qué sería de mí si fuera como el comino, allá en la tercera repisa, acumulando polvo.
El chile, que acababa de llegar, se encontró sorprendido por la conversación de la sal. Sonaba muy diferente a los dilemas que habría escuchado en la estantería del supermercado.
Cuando estaba allá, solo escuchaba historias similares; lo único que variaba era la perspectiva que tenía cada chile según su posición en la caja: de la fábrica a la caja, de la caja a la estantería.
Sería interesante si lograse sentir el calor de las llamas pronto; la frialdad de las cajas me hizo sentir menos picante, me hizo pensar que tenía que ser como el ketchup para salir de allí. Sentir las llamas va a revivir mi esencia, yo lo sé —dijo el chile.
En la tercera estantería están todos los envases cuyo servicio no es solicitado con frecuencia. Pocas veces sucede que el chef decide deleitar los paladares de la casa con sabores exóticos. Envases como el del vino dulce y la nuez moscada se mantienen en su lugar y, cuando tienen que irse, suelen regresar al mismo sitio. En esta repisa los envases no hablan entre ellos, no comparten nada en común, ni siquiera la preocupación por el calor de las llamas, ya que a esta altura el calor no llega.
Era domingo por la mañana y los envases ya tenían expectativas; algunos incluso intentaban adivinar qué habría para el desayuno.
—Por el platillo de ayer, seguro hoy comerá huevos o tostadas. ¿Recuerdan la última vez que creímos que eran huevos y terminó siendo arroz frito?
Esa era la conversación que tenían los envases en la segunda repisa momentos antes de que la luz de la cocina se encendiera.
Momentos después, la magia comenzó y el caos empezó a hacerse presente, pero no como de costumbre: las llamas eran muy fuertes y los movimientos del chef, bruscos y repentinos.
Este no puede ser el chef —pensaba la sal—. No me hacen falta ojos para saber que este no es el chef, ni oídos para saber que esto es ruido.
No pasó mucho tiempo antes de que toda la cocina estuviera hecha un desastre, y la sal lo supo de primera mano. Por primera vez desde su estancia en esta cocina, se encontraba en la tercera repisa.
—¿Sientes ese olor? Huele a quemado —dijo la sal al vino.
—No.
—¿Que no te da curiosidad saber qué sucede allá?
—¿Para qué molestarme si no lo voy a saber?
—Porque es más divertido imaginar.
El vino no respondió.
Solo el tiempo pudo hacer un cambio en la cocina. Llegó la noche y hubo silencio. Al día siguiente regresó el chef; la sal lo supo al instante porque se encontraba nuevamente en la segunda repisa.
—Fíjate que conocí la tercera repisa —dijo la sal.
—Ah, mirá, ¿y qué hay de bueno allá? —preguntó la miel.
—Polvo y envases aburridos. No te pierdes de mucho.
—¿Quién falta? Hay un espacio allí.
El chile.


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